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FARLOPA
Primer capítulo
Cocaína. f. Alcaloide de la coca del Perú, que se usa mucho en medicina como anes-tésico de las membranas mucosas, y en in-yección hipodérmica como anestésico local de la región en que se inyecte. También se usa como droga y estupefaciente.
Farlopa. (de or. inc.) f. Cocaína.
El fin de aquella etapa tan negra comenzó en la parte trasera de un viejo y solariego caserón erigido en mitad del campo. Proyecto hombre, lo llamaban, y albergaba a los despojos toxicómanos de la sociedad, o al menos a los que el sistema había conseguido encerrar con ayuda de las ilusas familias que todavía tenían la huera esperanza de reinsertar a sus ovejas negras en el mundo. Era una mañana terrible, soleada y tan brillante que cegaba, con grillos que cantaban en sus agujeros y un sinfín de criaturas pululando a nuestro alrededor, entre la hierba y los árboles inmóviles. Yo tenía una resaca de tres pares de cojones y aun no había salido del coche, simplemente me mantenía a la espera en los asientos traseros del Escarabajo descapotable de Topolino con un cigarrillo de perico sin encender entre los labios y los ojos oprimidos por el sol. Todavía era temprano para liarse o consumir cualquier cosa más fuerte que un vaso de leche, aunque no me importaba, ni a mí ni a ninguno de los capullos que esperaban conmigo.
Topolino se encontraba apoyado con su corpachón de boxeador acabado en el capó, igual de sereno y distante que de costumbre. Su cara redonda presentaba un aspecto calmoso, reflejo de su inalterable remanso interior, la llevaba pintada de blanco, igual que Federico, ambos nos habían recogido después de una de sus decadentes actuaciones en bautizos y comuniones y ni siquiera habían tenido tiempo para quitarse los disfraces de payasos que en aquel entorno destacaban con un toque surrealista. A sus cincuenta tacos, Topolino era calvo y llevaba puestas unas gafas de culo de vaso que acentuaban su expresión de estúpida y apacible alegría. Federico, a diferencia de él, daba vueltas alrededor del coche con la cara ensombrecida por el hastío. Era un hombre bajo, apenas un metro sesenta de estatura pese a sus bien conservadas cincuenta y seis primaveras, con barriga incipiente y extremidades cortas. Su hermano Rodolfo, un macarra muy alto dos años menor que él y que tenía el ancho cuello adornado con un montón de cadenas de oro, también se había cansado de aguardar.
–Estoy hasta los huevos de esperar a esos tarados –dijo con su poderosa voz.
Federico lo miró con el entrecejo fruncido.
–No te quejes tanto, coño –dijo.
A Rodolfo no le hizo gracia la réplica, era el cabrón más susceptible del mundo. Giró su cabeza de toro para fulminar a su hermano con la mirada. Topolino, que se veía venir el marrón, quiso bajar los humos con su dulce vocecilla:
–No empecéis –dijo–. Willy tiene que aparecer de un momento a otro.
–La paciencia es un don –dijo Federico–. ¿No os lo había dicho nadie antes?
–¡Calla la puta boca! –rugió Rodolfo angustiado por el bochorno–. Sólo dices chorradas.
Federico sonrió, le divertía chinar a su hermano. Vivían en una perpetua y angustiosa discusión que posiblemente prolongaban desde su cruda niñez, un tira y afloja que no terminaba nunca y que los convertía en el eterno centro de atención de nuestras tediosas existencias. De una manera u otra yo estaba convencido de que se adoraban y de que no podrían haber hecho nada por separado, ni cagar, eran como siameses, uno inmenso y el otro pequeño, pero férreamente unidos por lazos de sangre que ninguna riña, por larga y repetitiva que fuera, lograría romper.
Hubo un instante de incómodo silencio que aproveché para encender el nevadito. A juzgar por la aviesa expresión de Federico, por sus ojos entrecerrados y las arrugas que se formaban en su frente las pocas veces que meditaba sobre cuestiones importantes, deduje que tramaba nuevas tácticas para fastidiar a su hermano.
–Tú nunca utilizas los músculos del cerebro –le dijo partiéndose el culo de risa–, ¿verdad, Rodolfito?
–El cerebro no tiene músculos, anormal –contestó Rodolfo soltando un bufido de rabia.
–¡Mirad! –exclamó Topolino.
Y fue entonces cuando Willy gritó. Todos nos quedamos quietos viendo cómo el colega saltaba una tapia con la ayuda de otro chaval al que no conocíamos demasiado bien, un tal Jordi, diecinueve años, poca cosa físicamente. Willy, al contrario que éste, era un pavo atlético y había cumplido los veinticinco. Ambos corrieron hacia el coche al mismo tiempo que se abría un portalón por el que dos fornidos guardas con aspecto de payeses saldrían corriendo para seguir a los prófugos.
–¡Topo! –gritó Federico dando zancadas hacia el coche–. ¡Arranca que nos abrimos!
Topolino obedeció poniéndose al volante. Willy y su colega ya casi habían llegado al Escarabajo. Sin inmutarme, a punto de matar el cigarrito de coca que tan buen cuerpo me había dejado con la resaca, advertí que Rodolfo no se había movido. Mala señal, me dije para mis adentros pensando en lo peor y viendo, además, que sus temblorosos ojos se habían tranquilizado repentinamente y ahora contemplaban a los guardas que se aproximaban a él con paso firme. Federico gritó algo, se dio la vuelta hacia su hermano cagándose en su bendita madre. Estaba cantado que se iba a armar.
–Vamos, sube –dijo Topolino.
–¡Rodolfo! –aulló Federico.
Pero Rodolfo ya esperaba a sus presas con la gélida serenidad de un león, ignorándonos por completo. Willy saltó por encima de la puerta del descapotable y cayó junto a mí, tan sonriente y feliz como un niño en víspera de reyes, y luego me quitó la colilla de la boca para darle una calada al filtro ennegrecido por la combustión de la droga.
–¿Qué coño haces, Rodolfo? –seguía aullando Federico sin decidirse entre subir con nosotros al carro o ir a buscar a su hermano para traerlo a rastras–. ¡Ven aquí ahora mismo si no quieres quedarte tirado!
Rodolfo no le escuchaba, después de mantenerse erguido y con aquella amenazante expresión suya, rígida y aun así apasionada, proyectó su sonrisa hacia los guardas a los que su imponente figura había cortado el paso.
–¿Qué pasa, garrulos de mierda? –preguntó. Yo no podía verle el rostro, pero conocía tan bien el tono de su voz que no me costaba imaginar la siniestra profundidad que debían estar adquiriendo sus ojos ante la posibilidad de batirse en duelo con ese par de desdichados que nada nos habían hecho.
–Poca cosa si ésos vuelven a la finca –dijo uno de los guardas sin atreverse a dar un paso más.
–¡Sólo vamos a dar una vuelta! –gritó Federico para que pudieran oírle, lo único que quería era marcharse, evitar movidas–. ¡Hoy es mi cumpleaños y me apetece celebrarlo con mis sobrinos favoritos! ¡Sin nada de droga, lo juro por mi madrastra! ¡Y por la noche los devolvemos con las pilas cargadas! –Suspiró dirigiéndonos una mirada de resignación–. ¡Hostia, Rodolfo, déjalos en paz!
–¡Tú no me metas, enano! –dijo Rodolfo mirándonos soslayadamente por encima del hombro.
Volvió a girar la cabeza hacia los guardas, que tenían un semblante cuadrado y curtido y el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante como si se estuviesen preparando para abalanzarse sobre él. Uno de ellos cambió de mueca relajando momentáneamente los músculos de su cara, buscando una tregua sin palabras.
–No se puede saltar la tapia –dijo pacíficamente para hacerle comprender al gigante de dos metros que tenía delante–. Son las normas. Está prohibido.
–¡Los chicos no lo han hecho a mal! –dijo Federico para quitarle leña al fuego, avanzando hacia ellos tímidamente–. ¡Por no tener que dar la vuelta al edificio…!
El diálogo se me antojó tan absurdo que comencé a reír débilmente, contagiando a Willy y al otro petardo, que me imitaron. Comprendía que aquel era el último lugar en el que debería haber estado, especialmente si deseaba dejar el tema de la droga, pero aquella gente me arrastraba irremediablemente, tanto si quería como si no y sin deliberación, atrayéndome únicamente con su presencia, como si todos fuésemos murciélagos volando en bandada y buscando la auténtica libertad más allá de la noche.
Vi que los guardas vacilaban, uno incluso llegó a retroceder, aunque la voz de Rodolfo volvió a resonar en el campo, por encima del concierto de los insectos y los silbidos del viento entre la hierba:
–Voy a daros una tunda que os vais a cagar –les dijo riendo–. Así aprenderéis a no joder a la gente.
A mi lado, más excitado por la situación que por la raya que acababa de prepararse en su cartera, Willy se removió histéricamente, chillando:
–¡Todo el mundo tiene derecho a drogarse!
–¡Olé tus pelotas, Rodolfo! –añadió Jordi con una expresión que transformaba su cara en la de una hiena.
Ambos daban pequeños brincos y el Escarabajo se balanceaba sobre sus ruedas. Eran monos iracundos.
–¡Ya lo habéis oído, payeses de mierda! –seguía berreando Willy–. ¡Nadie puede prohibir que nos metamos lo que nos sale de los huevos! ¡El Proyecto hombre es un pastel!
–¡La farlopa al poder! –secundaba Jordi.
A mí me dolía la cabeza, una migraña del copón. Sólo de ver las montañitas blancas recortadas en el cuero de la cartera que sostenía Willy, tan puras y engañosamente esperanzadoras, ya me entraban unas ganas locas de pegarme un buen viaje. La verdad es que ellos parecían bastante felices, nada que ver con Federico:
–¡Cerrad el pico, niñatos –les dijo–, o volvéis ahí dentro de una patada en el culo!
A varios metros de distancia, achantados, hermanados en su desprecio por todos nosotros, los guardas también hablaron entre ellos:
-Olvídate de ellos –dijo uno–, que se vayan donde quieran y se las apañen solos. No merecen la pena.
–Tienes razón –dijo otro–. Drogados de mierda…
No tenían ganas de bulla, de hecho daban la impresión de ser buena gente, la clase de personas que hacen su vida sin molestar a nadie. Rodolfo, en cambio, disfrutaba con la provocación, armando jaleo y soltando hostias a quien se cruzase en su camino. Siempre había sido así, había nacido con la furia en las entrañas, acaso no tenía otra forma de expresarse, sólo usando los puños y la locura de sus ojos.
–¿Adónde vais, garrulines? –su escandalosa risa llegó a nuestros oídos como un trueno–. ¿Ya se os han puesto de corbata?
Federico no se acercaba mucho por miedo a recibir, conocía demasiado bien a su hermano para arriesgarse.
–¿Quieres subir de una puñetera vez al coche? –inquiría nervioso, su rostro pintado de blanco, con sendos círculos rojos en las mejillas y negro en los ojos, extenuado por tanto alboroto sin sentido y también por el sol–. Después de aguantar a los putos críos de la comunión vengo y me pasa esto –dijo–. No, si es por demás…
–¡Rodolfo! –Topolino también le llamaba a voz en cuello.
–¡Párteles la jeta! –saltó Willy después de esnifar su raya, pasando de todo–. ¡No permitas que se vayan por las buenas habiéndonos humillado a todos!
Federico se precipitó hacia el coche y le dio un capón:
–¡Te he dicho que cierres el puto pico! –bramó enfáticamente, mirándole directamente a los ojos y señalándole la cara con un dedo como si pretendiese trasmitirle una amenaza invisible–. ¿Estamos, niñato de los cojones?
Willy se relajó instantáneamente, había captado el mensaje y no tenía nada más qué decir. Entretanto, Rodolfo empezó a empujar a uno de los pobres guardas, que no sabían cómo reaccionar. Continuó dándole enérgicos empellones hasta que el hombre se rebeló y le hizo frente. Mal hecho.
–¿Te has enfadado, nenita? –gimió falsamente Rodolfo, y acto seguido, sin que nadie se lo esperase, le dio una patada en los cojones.
El guarda se dobló sujetándose las partes con ambas manos, como si fuesen a desprenderse de su cuerpo, sollozando de puro dolor. A medida que se retorcía, desequilibrándose sobre sus alpargatas, el cuello estirado y la convulsa cara dirigida hacia el cielo, recibió un mazazo en la nariz. Rodolfo, que le había golpeado con el puño cerrado, alzando el brazo para seguidamente dejarlo caer, vio cómo su adversario se desplomaba con una regocijada expresión de éxtasis que nosotros pudimos admirar cuando se ladeó para patearle.
–Me cago en su puta madre –dijo Federico entre dientes, sin preocuparse en absoluto por los eufóricos gritos de Willy y Jordi–. Anda, Topo, ve a echarle una mano.
Topolino salió del coche inmediatamente, aunque el otro guarda ya se había lanzado sobre Rodolfo mientras éste destrozaba la cara de su compañero con la punta de hierro de su bota. Le agarró por la espalda con sus fuertes manos de gañán, atenazándole los brazos para inmovilizarlo. Rodolfo se sacudió igual que una bestia salvaje, rugió con el rostro rojo de cólera, grandioso, brutal, los protuberantes ojos a punto de explotar, como las hinchadas venas del cuello. Era un espectáculo espeluznante, una batalla de titanes. Topolino llegó hasta ellos y derribó al enemigo de Rodolfo con un golpe, utilizando ambas manos para atestarle un derechazo en el costado. El segundo guarda no cayó junto a la figura derrotada de su colega, ni siquiera se resintió por el piño, sino que se dio la vuelta y forcejeó con Topolino demostrando una destreza admirable. A un lado, sacudiendo la cabeza con una sonrisa provocada por sabe Dios qué pensamiento, Rodolfo cogió una piedra del suelo y dejó inconsciente al guarda que le había agarrado por detrás. La piedra no produjo ningún sonido al abrir el cráneo y el cuerpo del hombre chocó contra el suelo emitiendo un ruido ahogado, levantando un poco de polvo. Después Rodolfo se ensañó con el otro hombre, al que había reventado la nariz, terminando de destrozarle la cara con los puños. Se había agachado y le hostiaba de mala manera, aunque Topolino le aferró un brazo y lo arrastró hacia el coche. El guarda, todavía consciente, capaz de moverse, se puso en pie y huyó cojeando con el rostro ensangrentado.
Cuando Topolino consiguió que Rodolfo subiera al coche, sudando y casi sin respiración, tomó asiento frente al volante y arrancó el Escarabajo.
–Eres la vergüenza de la familia –dijo Federico. Su hermano no le miró, tenía la cara perlada de sudor, los ojos ausentes, más apacibles que nunca. Me pareció ver que se encogía de hombros desdeñosamente, un leve gesto que podría haber sido producto de mi imaginación. Da igual, es mejor no darle más vueltas.
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