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CABEZA RAPADA.
Primer capítulo
Hacía media hora que estaban escondidos en la oscuridad del portal de un viejo edificio, de cinco pisos, ubicado en el barrio de Lavapies. Desde aquel punto podían ver casi toda la calle mal iluminada, por la que, supuestamente, aparecería la víctima.
Dentro del portal predominaba el silencio, y éste sólo era interrumpido por los truenos lejanos de una tormenta que se acercaba rápido.
Charlie estaba tenso, y su cuerpo sudaba desafiando al frío. Los tres que lo acompañaban estaban igual que él, con la diferencia de que ellos tenían miedo. Eran de naturaleza cobarde, si no iban en grupo parecían como niños indefensos y miedosos.
-¿Estás seguro que vive en este edificio? -le preguntó Charlie a Javier.
-Estoy seguro, Charlie. En la pensión del tercer piso. Sobre las tres termina de hacer su campaña electoral y luego viene andando hasta aquí.- Miró su reloj-. Son las cuatro y cuarto. El hijoputa no tardará en aparecer.
-A lo mejor no viene –dijo Pidemás.
-A lo mejor me tiro a tu puta madre, gafe –le soltó Javier amenazador.
-No te metas con la familia, ¿vale?
-Perdona, no me acordaba de que te dejaron en un portal.
Pidemás fue a pegarle con el puño, pero Charlie se interpuso y aparto a Javier de un empujón.
-Estaos quietos, ¡coño!
-Ya viene –dijo Cristóbal, que no había dejado de vigilar la calle. Por la desierta calle en pendiente, un negro alto, desgarbado, soportando en su hombro una bolsa grande de plástico llena de artesanía africana, apareció caminando. Se dirigía en línea recta al portal donde estaban escondidos los cuatro cabezas rapadas. El vendedor ambulante parecía cansado y miraba el suelo, como si buscara el camino a seguir.
-Miradlo, ya lo huelo –dijo Cristóbal, dilatando exageradamente sus fosas nasales.
-Son como animales –dijo Javier.
-No dejes que ese negrata se salga con la suya –susurró Pidemás al oído de Charlie.
-En el pecho. Tienes que clavársela en el pecho –le aconsejó Javier.
-Y aunque te parezca muerto, sigue clavándole la daga –añadió Pidemás histérico.
-Los negros son fuertes como animales de carga –dijo Cristóbal, como si los admirara por su fortaleza.
Pero Charlie sólo miraba al negro, que cada vez se acercaba más. Disfrutaba de la situación, se sentía fuerte y poderoso. Estaba convencido de que iba a actuar correctamente.
-Antes de matarle voy a darle una paliza –dijo Charlie, con total seguridad.
-No te arriesgues, Charlie –le suplicó Cristóbal.
-Es una buen idea –dijo Javier.
-Yo te ayudo, Charlie –se ofreció Pidemás.
Charlie lo empujó contra la pared. Aquello era cosa suya y no quería que nadie interfiriera. El negro era suyo.
Cuando el africano llegó a unos dos metros del portal, Charlie salió de la oscuridad dejando al hombre petrificado, intuyendo lo peor. Y como si de una película se tratara, un trueno ensordecedor rompió la noche y empezó a llover con fuerza.
El negro dejó lentamente resbalar su bolsa hasta el suelo, con intención de echar a correr. Empezó a retroceder lentamente hacia el centro de la vacía calle, con el miedo en las entrañas. Sabía que aquel animal que tenía enfrente era capaz de hacerle cualquier cosa, por eso pensaba que había que ponerse a correr. Pero Charlie era inteligente, además de rápido, y en un casi imperceptible movimiento le aplastó la nariz con un directo. El hombre retrocedió intentando agarrarse a algo que no había.
Los tres restantes cabezas rapadas salieron del portal para disfrutar del espectáculo. El negro se tocaba la sangre que le salía de la aplastada nariz y levantó la vista para mirar a los ojos de Charlie que, impasible, le soltó otro puñetazo en la cara haciéndolo caer. Sus compañeros daban vueltas alrededor del vendedor ambulante. Estaban eufóricos, el color rojo de la sangre les excitaba.
Charlie levantó al negro y le golpeó varias veces la cara ensangrentada, luego lo dejó caer. Satisfecho, se apartó para ver el daño que había hecho. Fue entonces cuando sus compañeros aprovecharon para darle patadas, excepto Cristóbal, al que la situación le superaba. Tenía ganas de vomitar.
Cuando el negro ya no se movía, Charlie apartó de mala manera a sus compañeros, se sentó encima del hombre y desenvainó el puñal que le había regalado Robert. Lo sujetó con las dos manos y lo levantó hacía el cielo negro. La lluvia seguía cayendo con fuerza y cada trueno era más estremecedor, augurando el drama que iba a suceder. Charlie sujetaba con fuerza el puñal de la SS.
-Ya es suficiente, Charlie –le volvió a suplicar Cristóbal-, y vámonos antes de que vengan los monos.
Pero Charlie ya no oía ni veía nada, estaba en trance, y como un autómata empezó a clavar el puñal en el pecho del negro, una y otra vez. Sus compañeros gritaban histéricos y Cristóbal, que nunca había presenciado un asesinato, echó a correr calle abajo, sin mirar atrás. Al cabo de unos minutos también hicieron lo mismo Javier y Pidemás.
Charlie, salpicado de sangre, se sentía bien, como nunca se había sentido antes. No era consciente de lo que acababa de hacer, pero estaba pletórico No había fallado a los suyos. Por fin era un auténtico cabeza rapada.
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